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El pintor Gonzalo Bilbao El pintor Gonzalo Bilbao

Semblanza del pintor ateneísta, por Gerardo Pérez Calero.

 

Nació en Sevilla el 27 de mayo de 1860 en el seno de una familia acomodada. Tras sus estudios primarios, cursó la carrera de Derecho en la Universidad Hispalense que terminaría en 1880. No obstante, sus habilidades artísticas que ya había demostrado desde niño, le llevaron a dedicarse exclusivamente a la práctica de la pintura que, según referencias, siguió en los primeros años de juventud cerca de los maestros Francisco y Pedro Vega. A los 20 años de edad, realizó un ansiado viaje a Italia que sería definitivo en la formación y evolución de su pintura. Allí contactó con la colonia de pintores postfortunianos, visitando Roma, Venecia y Nápoles, en donde ejecutó preciosos y luminosos tableautines. Después de una breve estancia en Sevilla, en donde participó en la Exposición de 1882 de la Academia Libre de Bellas Artes, marchó al año siguiente a París al objeto de completar su formación. Allí obtendría Tercera Medalla en la célebre Exposición del Centenario de la Revolución. Cuatro años antes había participado en la Regional de Cádiz en la que obtuvo una medalla, y en 1891 otra en la Internacional de Barcelona. En la Exposición Universal de Chicago de 1893 logró medalla única. Su periplo norteafricano, recorriendo Marruecos, en donde se encontraba en 1889, constituyó una de sus más interesantes experiencias pictóricas que plasmó en admirables obras neorrománticas pletóricas de luz y color. Después, continuó recorriendo las regiones del norte de España, mostrando sus preferencias por las calidades pictóricas del paisaje franco-español, singularmente de la costa de Fuenterrabía. También fueron entonces cita obligada en su itinerario viajero sus paisajes castellanos, especialmente los de Toledo. Cuatro años después, fue elegido académico de Bellas Artes de Sevilla en la plaza nº. 21 y al año siguiente, secretario del Centro de Bellas Artes del Ateneo. Comenzaba así una intensa relación con la Docta Casa que le llevaría a presidirla 8 años después, tras dilatados y brillantes servicios a la misma: vicepresidente de su sección de excursiones (1896); autor de la portada de la publicación del X aniversario de la institución (1897); miembro del jurado de los Juegos Florales en diversas ocasiones; profesor de la Clase gratuita de dibujo del referido centro durante varios cursos desde el de 1897/98; vicepresidente de la Docta Casa (1901/2), etc.

Desde 1903 en que sustituyó a José Jiménez Aranda, ejerció como profesor de composición Decorativa en la Escuela de Artes, Industria y Bellas Artes. Al año siguiente contrajo matrimonio en Madrid con María Roy Lhardy, de la que no tuvo descendencia. Sus estancias en la capital del reino, desde entonces cada vez más frecuentes, las aprovechaba para acudir al Museo del Prado como copiante, primordialmente de pintores clásicos, sobre todo, Velázquez, en cuya práctica encontraba el apoyo y la amistad que le profesaba su paisano y entonces director, el pintor José Villegas. En 1910 fue nombrado delegado regio y acompañó a la infanta Isabel en los actos celebrados en Argentina con motivo del centenario de su independencia. Aprovechó para exponer entonces en la Internacional de Buenos Aires obteniendo Primera Medalla. Hizo lo propio entonces, en la también Internacional de Chile, con idéntico galardón.

Su popularidad se fue acrecentando desde entonces tanto en Sevilla como en Madrid, lograda y mantenida a base de trabajo y fe en su creación artística, lo que le acarreó triunfos y desengaños en las diversas exposiciones en las que participó. En la Nacional de 1915 presentó una de sus obras más representativas y populares, Las cigarreras de Sevilla en el interior de la Fábrica de Tabacos, que no fue premiada por el jurado pese a sus innegables valores formales y simbólicos, lo que fue considerado como una ofensa para el pueblo de Sevilla representado en el cuadro por sus cigarreras, el cual le tributó un clamoroso y multitudinario homenaje de desagravio. El Ateneo, por su parte, le nombró socio de honor y presidente honorario de su sección de bellas artes. Tal obra supuso la culminación de una serie dedicada a las cigarreras, a las que el pintor dedicó buena parte de su iconografía figurativa, dada su admiración por ella como quintaesencia de la mujer trabajadora, y a la que, según él mismo, dedicó toda su obra como artista, sentida y emocionada en el culto a sus afanes y trabajos, tan dignos de glorificación y que constituyen la grandeza de los pueblos.

Tras cesar en la dirección de la Escuela de Artes, Industria y Bellas Artes de Sevilla en 1916, expuso en la Casa Demotte de París, en donde se hallaba como delegado del estado español en la Exposición de Arte Hispánico. Ese mismo año participó en la Exposición Internacional de Bellas Artes de Panamá (Primera Medalla); habiendo obtenido igual galardón el año anterior en la Internacional de San Francisco de California. Su profunda religiosidad se materializó en su ingreso en 1923 (14 de octubre) en la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla, llegando a ser consiliario de la misma (1925-26) y dedicando con tal motivo a la benemérita institución un retrato del beato Antonio María Claret en 1934.

En 1925 fue nombrado presidente de la Comisión de Arte de la Exposición Iberoamericana de Sevilla celebrada cuatro años después. Al mismo tiempo, fue elegido para presidir el Patronato del Museo de Bellas Artes de Sevilla y la Real Academia de Santa Isabel de Hungría. El retrato que hizo en 1934 al polígrafo ursaonense Rodríguez Marín fue como un anticipo a su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (27/03/1935) sobre “El Museo de Bellas Artes de Sevilla”. En el mismo, toda una lección de erudición y buen decir, comparó el arte que se encierra entre los muros de la pinacoteca hispalense y el, para él desalentador, que se estaba haciendo entonces. Terminó, evocando su fuente de inspiración artística, diciendo: “...Acostumbrado a meditar, unas veces al aire libre, sorprendiendo los encantos de la naturaleza, sin imaginar jamás que el verdadero arte sea la servir imitación de ella, y otras en la grata soledad de mi estudio, ante el lienzo y el modelo. En 1930, con setenta años de edad, participó en la Exposición de Primavera de Sevilla y tres años después en la magna individual celebrada en el madrileño Círculo de Bellas Artes, en la que expuso más de noventa cuadros. La crítica consideró entonces al pintor como el adalid en la lucha entre el clasicismo y el modernismo. La muestra fue como un último homenaje en vida fuera de su tierra y, como se dijo entonces, no solo la ratificación definitiva, la reiteración positiva a las nuevas generaciones de uno de los valores más admirables de nuestro arte, sino la ejemplaridad viva, henchida de gracia y belleza, de un estilo y una tradición pictóricas dotados de inmortal elocuencia hispana”. (Homenaje al pintor. Madrid, 18/06/1933)

Recibió innumerables reconocimientos nacionales e internacionales a su destacada personalidad artística: Gran Cruz de Isabel la Católica, Cruz de Alfonso XII, Encomienda de Carlos III, Comendador de la Legión de Honor francesa, Oficial de la Corona de Bélgica. Falleció en Madrid el 4 de diciembre de 1938. La fecunda producción de Gonzalo Bilbao, repartida por innumerables instituciones públicas y privadas, colecciones y museos (Sevilla, Madrid, Barcelona, Zaragoza, París, Berlín, Munich, Trieste, Chicago, etc.), abarca diversas tendencias artísticas y variados géneros pictóricos, desde el tardo realismo historicista hasta el simbolismo, la pintura social y el regionalismo luminista, cultivando cuadros alegóricos, de género, retratos y paisajes. Todo ello, con un estilo muy singular en el que logra mantener un equilibrado maridaje entre el clasicismo asentado en la tradición pictórica sevillana y una renovación técnica que entronca con la contemporaneidad.

Gerardo Pérez Calero

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